Aprender a poner límites sanos.

Estaba haciendo una cobertura periodística en Irán de viaje con la Universidad. Fue todo una experiencia en sí misma y puse muchas herramientas en práctica, entre ellas:poner límites, ser honesta y aceptar mi vulnerabilidad.

Era el último día del Muharram, donde miles de fieles se congregan para recordar el martirio de la familia del profeta. Se juntan en la plaza Plaza de Naqsh-e Yahán, de las más grandes del mundo. Sin embargo, a pesar de su magnitud, son tantos los creyentes que peregrinan en esas fechas desde otras partes del país e incluso desde otros países que la plaza está llena de gente.

Cada uno vive su ansiedad de formas diferentes pero suele haber ciertos rasgos comunes. Las multitudes de personas suelen ser un disparador común, y en mi caso no fue excepción. Creo que ni siquiera estaba con ansiedad, más bien estaba nerviosa por la posibilidad – altamente probable – de que me diera ansiedad en esa situación.

Esas eran mis preocupaciones cuando se acercó una compañera. Ella estaba realizando un proyecto audiovisual y yo me había comprometido a darle mi testimonio. ¿Hacemos la entrevista ahora? – Me preguntó, medio afirmando, con total normalidad.

Junté la fuerza que sentí que no tenía y le contesté: No, ahora no. Ese primer instante en el que uno dice no siempre es incómodo. Es como que algo se detiene, se rompe, se quiebra. Pero nada de eso es cierto, es solo una ilusión, es la falta de acostumbramiento que tenemos como sociedad a la negativa. Es muy necesario que lo cambiemos. En la medida en que aceptemos que siempre existen dos respuestas – sí y no – es que a todos se nos va a hacer más fácil poner límites.

Se sucedieron dos cosas muy bonitas: primero ella me pregunto por qué. En vez de darse la vuelta ofendida o contrariada y asumir cosas que no son. Dialogando la gente se entiende.

Lo segundo fue que le respondí con la verdad. “No me siento bien, estoy nerviosa porque tengo ansiedad y las multitudes de gente me ponen peor. Si lo hacemos ahora solo me voy a poner aún más nerviosa”. No éramos amigas, apenas nos conocíamos y estoy segura que ahora ni se debe acordar de un intercambio que para ella debe haber sido bastante intrascendente.

Para mí más que trascendente, fue trascendental. Porque no estamos acostumbrados – no estoy acostumbrada – a ser vulnerable, a abrirse frente al otro. Vivimos en una sociedad que dice que no podés mostrarte débil ni confiar en desconocidos. Yo hice ambas. Yo hice ambas y me salió bien.

Creo que nos callamos esas cosas porque no queremos incomodar (ni incomodarnos) pero tenemos que darnos cuenta que, como dice Brené Brown, la vulnerabilidad nos humaniza y es lo que nos permite generar empatía en el otro y conectar.

Esta chica, con total tranquilidad y calidez, me respondió que no había problema, que si necesitaba algo, que cómo podía ayudar. Y se quedó conmigo todo el recorrido desde el hotel hasta la plaza, acompañándome y dándome charla. Eso me mantuvo distraída y en calma. Y se lo agradezco un montón. También me agradezco a mí misma el haberme sido fiel.

Esa situación fue el motor para seguir practicando el poner límites. Desde entonces, cada intercambio que he tenido donde puse un freno resultó en un desenlace positivo. A veces la gente es más o menos receptiva, a veces con expresarlo una vez es suficiente y otras hay que ser más insistente. Pero en todas las situaciones, por más que establecer el límite ante el otro haya sido más o menos fácil, el resultado siempre es mejor que esa sensación horrible de hacer algo que no querés, no debés o no te corresponde.

¿Te da culpa decirle que no a los demás? Está muy normalizado, pero no necesariamente es normal. ¿Por qué ponés el sentimiento de los demás antes del tuyo propio?¿Dónde está el límite entre amor propio y el egoísmo? Estas preguntas son válidas y debemos interrogarnos a nosotros mismos y ver dónde estamos parados.

Cuando somos niños nos enseñan a decir que sí, a hacer caso y no llevarle la contraria a nuestros padres. Se supone que ellos velan por nuestro bienestar y cuidado, que saben lo que es mejor para nosotros.

Luego comenzamos la escuela y es más de lo mismo. Hay que hacerle caso a las maestras, después a los profesores en la secundaria. Y así vamos cumpliendo reglas y acatando mandatos impuestos por personas que “saben lo que nos conviene”.

Pero una vez llegados a la adultez ya tenemos las herramientas necesarias para tomar nuestras propias decisiones. Es por ello que debemos dejar atrás este acto reflejo de siempre decir que sí. Sobretodo porque nos vemos enfrentados a una serie de situaciones donde debemos interrelacionarnos con los demás. Relacionarnos con un otro que también tiene sus propios límites – o debería – y que también tiene sus propios derechos y obligaciones. Estamos hablando de compañeros de estudio o trabajo, de relaciones de pareja, de tus vecinos e incluso de tu familia. Poner límites en relaciones afectivas es todo un desafío.

Al relacionarte con ellos, si sentís culpa al poner tus límites o te tildan de egoísta, sería interesante que te preguntes: ¿esta persona sabe poner sanos límites? Probablemente la respuesta es no. Entonces, ¿Por qué vas a dejar a alguien que no sabe poner límites definir los tuyos?

Como poner límites sanos:

1. Conocerlos

Es imposible poner límites si no sabes cuales son. Es importante que los tengas presente y puedas sintetizarlos para que sean más fáciles de cumplir.

2. Autoconocimiento

Esta es la clave. Cuando te conoces sabes lo que necesitas, lo que te hace mal, lo que te hace bien. Lleva tiempo, tenés que darte el espacio para escucharte y conectar contigo mismo. Y no es algo que se haga una vez. Es una práctica que debes incorporar a tu rutina.

3. Valores

Es cierto que podés tener ciertos límites muy claros pero luego en el día a día se van sucediendo situaciones que no podés prever. Es por ello que es de mucha utilidad tener tus valores claros. Son los pilares sobre los cuales descansan tus límites. Recíprocamente, el cumplimientos de los límites debería asegurarte vivir una vida coherente con dichos valores.

Un tip rápido es el siguiente: si te rodeas de personas que no comparten tus valores probablemente tampoco respeten tus límites.

4. Dejar de lado la inseguridad

Si tu tienes la completa seguridad de que tus límites están basado en el amor propio y los comunicas desde la honestidad puedes estar tranquilo. No deberías sentirte culpable ni egoísta. Se trata de encontrar el equilibrio entre lo que los otros necesitan de ti y lo que tú necesitas de ti mismo. La gente está acostumbrada a pedir, pedir y pedir. Si dices siempre que sí, te drenan por completo la energía.

Una vez comienzas a implementar tus límites de manera constante vas dejando de lado la inseguridad y comienzas a sentirte empoderado – sí, todos estamos cansados de la palabra empoderar, pero es cierto 🙂 – .

5. Tener en cuenta lo que está en juego

Uno de los mejores incentivos para poner en práctica tus límites es tener presente qué es lo que estás defendiendo. Muchas veces no respetar tus límites implica perder tiempo, dinero, salud, horas de sueño. Ten claro qué estás dispuesto a sacrificar y qué no.

Hace unos años fui a visitar a un amigo que vivía en otra ciudad. Me enojé porque hacía mucho tiempo que no lo veía y aún así se rehusó a faltar a su entrenamiento por pasar más tiempo conmigo.

Hoy entiendo que hacer ejercicio es vital para nuestra salud física y mental y debería ser una prioridad de todos. Hoy entiendo que él estaba poniendo un límite sano.

6. Comunicarlos

Hay gente que no elegimos: nuestra familia, nuestros compañeros de trabajo. Es por ello que es muy importante aprender cómo expresar tus límites para evitar complicaciones o malentendidos.

A la hora de compartir tus límites con el otro es importante que los hagas de forma clara y precisa. No tienes por qué dar explicaciones si no crees que amerite, pero sí asegurarte de que el otro entienda qué es lo que esperas de él y que puede esperar él de ti.

Hace unos años, cuando empecé a trabajar, tenía un compañero cuyo mail emitía una respuesta automática durante los fines de semana. Decía algo así como que en su descanso no consultaba el correo y que esperaras una respuesta a partir del lunes. Era corto, educado y directo. En el momento me pareció una estupidez de engreído, ahora me parece una genialidad.

7. Cumplir tus propios límites

Hay veces que pensamos que el problema son los demás, pero nosotros mismos tenemos el poder de hacer cumplir nuestros límites.

Anoche estaba agotada, llevaba despierta desde las 6:30 am, no había parado de hacer cosas en todo el día y había dedicado largas horas a una entrega grupal de facultad. Sabía que había cumplido con todas mis obligaciones pero se hicieron las 23:45, casi medianoche, y no paraban de llegar mensajes al grupo de whatsapp donde coordinabamos la entrega. Yo había cumplido, yo necesitaba descansar. Puse el celular en modo avión y me fui a dormir. A muchos les parecerá terrible, pero hoy estoy aquí, descansada, feliz y con la mente despejada para hacer lo que más me gusta: escribir.

Como verán, nadie nace sabiendo. Yo misma cometí muchos errores en cuanto a respetar los límites de los demás y muchísimos más en cuanto a mis propios límites. Uno juzga, desconoce, ignora. Y después aprende, entiende, incorpora. Es parte de la vida.

En el mundo del desarrollo personal muchas temáticas están interrelacionadas porque, en definitiva, todas parten de un núcleo común: nosotros. Aprender a establecer sanos límites ha sido una de las maneras más efectivas de combatir mi ansiedad. Poner límites es cuidarnos, es amor.

¿Tienes límites establecidos?¿Piensas que es más fácil establecer límites con personas lejanas o cercanas?

 

Valentina Carbajal Periodista y comunicadora

Periodista, comunicadora y creadora de contenido, no hay nada que me apasione más que escribir. Me encanta poder explorar distintas temáticas y empatizar a través de la palabra.