El encierro para darnos la libertad

La locura no tiene por qué ser todo colapso, también puede ser avance”. R.D Laing

 Si hay algo que hemos aprendido este último año, fue a reconocer nuestras emociones y a romper el estigma de que deberían estar “ocultas” en nuestra vida. Lo que no supimos desde el principio de toda esta incertidumbre, es que cuando no dejamos expresar nuestras emociones, ellas no nos dejan ser a nosotros mismos. Y en realidad, al habernos forzado a eliminar lo displacentero, la rabia, la tristeza, el miedo, la angustia, la ruptura, la impotencia y el dolor en general, más persistían dentro de nosotros; manifestándose incluso en el cuerpo físico.

 En una realidad como la que vivimos, tan increíblemente compleja y a la vez demandante, luchamos por evitar el malestar, tratando de tener el control de nosotros mismos y evitar mostrarnos vulnerables, pero a la final, el único reto es a normalizar las emociones; a comprender esas emociones que nos hablan indicándonos mensajes muy potentes. Por ejemplo: la rabia nos muestra algo que es valioso para nosotros y está siendo pisoteado. La tristeza, cuando algo que es importante está dejando de ser de manera natural, por el curso de la vida y el miedo cuando algo que queremos está en riesgo. Y así sucesivamente, deberíamos empezar a comprender que todas las emociones son nuestro acercamiento más profundo a nosotros mismos.

 Tenemos que empezar a entender que no podemos más estar en el pasado, pero tampoco tener ansias de estar ya en el futuro. Entendamos que el encierro fue hacernos caer en cuenta que si no se podía ni luchar ni huir de las amenazas de la vida, buscamos en nosotros mismos las salidas. Durante el encierro nos obsesionamos con algo pero con lo único que no nos obsesionamos fue con ser auténticos. Es aquí el reto, estar abiertos a ser conscientes de todo lo que nos pasa emocionalmente y cómo eso nos cambió el curso de la vida, los planes, las parejas, la carrera. Aun después de todos los cambios, está bien no saber el nuevo curso a tomar.

 El psiquiatra Ronald Laing consideraba que la locura no tendría que ser catalogada como algo netamente negativo. La locura de cierta manera nos indicaba un malestar disfrazado. Hay que lograr observar que traducen las emociones en nuestros encierros físicos y mentales. ¿Qué queremos decir detrás de un grito, una frase hiriente, un sarcasmo? probablemente nuestro “niño interior” quiere gritar desesperadamente que no quiere ser abandonado, no quiere sentirse desaprobado e insuficiente o sencillamente entender que un chiste sucede para no reflejar dependencia.

 Inconscientemente, no dimensionamos que las emociones son un maestro que aparece cuando más las necesitamos, pero como todos los buenos alumnos, siempre deben alejarse para demostrar lo aprendido. Es por esto, que debemos ser conscientes de demostrar lo que sentimos y de por qué lo sentimos. No es posible quedarnos en una fase “infantil” que camufla las emociones a través de actitudes erróneas; tenemos que madurar, explorar y expresar: Las emociones son propias, y si se sienten es porque son reales.

 El encierro nos dio la libertad emocional, y admitir: “esta bien estar mal”, el encierro nos permitió descubrir que quién más creíamos que estaría, se alejó y que quien menos imaginamos, se quedó a retarnos, enseñarnos y hacernos más vulnerables que nunca. Siempre hay un sentido en una emoción, y ese sentido no es positivo o negativo, simplemente es.

 El filósofo Jason Silva expresaba que cada situación que nos produce “éxtasis”, viene acompañada de algo triste también; puesto que los seres humanos siempre queremos “algo más” y ese “algo más” del cual nunca estamos conformes, siempre nos acompaña de nostalgia y existencialismo. Tenemos miedo por las cosas que aún no hemos perdido y expresarlo nos aterroriza. Quizás el disfraz detrás del miedo es tener una actitud indiferente y de poca importancia, el disfraz detrás de la rabia es actuar en venganza para indicar poder, el disfraz de la tristeza es distanciarse para que no duela tanto.

 Descubramos ese disfraz detrás de cada emoción que suscita en nosotros y si lo único que nos impide expresarnos emocionalmente es ser heridos, re evaluemos de dónde viene esa herida o por qué. Aprendamos a entender que mis acciones no deben depender de la respuesta de un otro, si yo expreso y no tengo la reciprocidad que deseaba, no es problema de quién la emite, es de quien no supo recibirla. Veamos la vulnerabilidad con otros ojos, veamos la vulnerabilidad como un sinónimo de valentía, eliminemos disfraces y encaremos nuestros miedos, tristezas y rabias porque solo a través de la emoción, podemos conectar con el otro.

 Al final… es más sostenible que estar disfrazándose.

 

 

Pamela Orozco(Autor invitado) Psicóloga y Autora Invitada de DT

Soy psicóloga y aprendiz de la vida. Me encantan los procesos reflexivos y consolidarlos a través de la escritura. Mi misión es hacer de cada encuentro una lección o un aprendizaje. A través de la terapia y de mis experiencias, intento guiar a los demás a ese autodescubrimiento e infinita reflexión liberadora