El síndrome del impostor

No sé si os ha ocurrido, pero me ha alegrado leer en varios artículos que es algo más común de lo que pensamos. A veces siento que soy un impostor. Un fake. Cuando acompaño a personas a que se escuchen más, coman mejor, vean en qué les está diciendo su cuerpo y sus síntomas que “tienen que cambiar el chip”, muchas veces me digo: “¿Y tú? ¿Ya estás haciendo lo que predicas?” Y habitualmente la respuesta es que no tanto como me gustaría…

Cuando esto me pasa, inevitablemente, me siento decepcionado conmigo mismo y me infravaloro. Pero, al rato, aparece una vocecita (como un angelito bueno, el de la intuición) que me dice: “tienes derecho a no hacerlo bien a veces, eso te va a recordar que te puedes levantar y volver a hacerlo bien”. Y es que muchas veces somos nuestros peores enemigos y nos tratamos de una forma intolerable. ¿Qué le diría yo a alguien que me contase que se siente así consigo mismo? Indudablemente, que se tratase bien y viese todo lo bueno que hay en su interior.

En realidad, ayudo a personas con Esclerosis Múltiple u otros diagnósticos autoinmunes a hacer cambios para que su salud mejore por un motivo muy egoísta. Tengo una agenda oculta. Ellos no lo saben, pero son ellos los que me están ayudando a mí. Son como mis entrenadores personales. Me hacen estirarme más allá de mis propios límites, de donde yo llegaría por mí mismo. Me hacen dar el “extra mile”. Si no les tuviese a ellos, no investigaría más. Repetiría simplemente lo que me funcionó a mí en mi recuperación, pero inevitablemente lo olvidaría y caería en malos hábitos cada cierto tiempo. Y a veces lo hago. Pero ahí están ellos para recordarme que la recuperación y la sanación son caminos posibles. Que a mí me ha pasado. Y que veo como constantemente ellos mejoran.

Y es que muchas veces el perfeccionismo es voraz. Es algo que no nos cansamos de ver en autoinmunidad, de hecho ya hay algo que se conoce como la psicología o el patrón psicológico autoinmune. Una necesidad extrema de ser siempre el mejor, el más perfecto (signifique eso lo que signifique), el que hagas más, el que venda más, el que obtenga las mejores calificaciones. Como si más siempre fuese más. Olvidamos que muchas veces, quizás la mayoría de las veces, menos es más. Si no hacemos tanto, si a veces fallamos, ¿es tan grave? Yo ahora sé que no. Es mejor simplemente darnos cuenta de nuestros errores, ver cómo podemos corregirlos, y seguir adelante. Sin culpas absurdas que no nos ayudan en nada.

Nunca lo vamos a hacer todo bien. No porque no seamos lo suficientemente buenos, sino porque simplemente es imposible. Nadie puede hacerlo todo bien, y además sería aburridísimo. A veces me doy cuenta de que no estoy comiendo todo lo bien que “debería” (¡me acabo de dar cuenta de que he usado el horrible “debería”!), bueno, mejor dicho, todo lo bien que querría. Otras veces veo que no estoy entrenando lo suficientemente bien (como ahora, en la cuarentena). Y miro Instagram y veo a todas las personas que parece que tengan un gimnasio instalado en sus casas, o que se estén preparando (con éxito) para un campeonato de triatlón. Y pienso: “¡yo no estoy a su nivel, no llego, soy un fake!”
Pero es tan dañino, y tan absurdo. Perfectos a ojos de quién, bajo qué criterios. Os planteo una reflexión. ¿Por qué amáis a vuestros mejores amigos? ¿Porque son perfectos? ¿Porque no les sobra un gramo de grasa? ¿Porque siempre están alegres? Me atrevería a decir que no. Seguramente amáis a Luisa porque con ella puedes decir 20 veces la palabra caca y pedo y te mueres de la risa. O amas a Vanesa porque puedes hablar horas con ella y no os juzgáis. O amas a Tony porque en él ves una especie de Spider Man inseguro.

Y todo eso te hace mucha gracia, y te parece lo más “cute” del mundo. Y no quieres que cambien ni un ápice. Quieres su pack completo. Porque esto también va (y mucho) de aceptar nuestras “taras”. De tomar todo el paquete completo. Porque con la misma intensidad que a veces vamos a amar a alguien (o a nosotros mismos) en un 100%, a veces vamos a no soportarlo (nos) en un 100%.
Y, o empezamos a tolerar eso, a tolerarnos, o estamos perdidos. Y como cada vez más la ciencia comienza a aceptar que estamos hechos para vivir bien hasta los 120 años, más nos vale comenzar a hacerlo de la mejor manera posible. Todos somos impostores algunas veces, y todos somos lo más auténtico también dentro de nuestras falacias.

No sé si habréis visto el primer capítulo de la serie “Veneno” sobre la vida de la transexual española más famosa de la televisión en los años 90’s. Os la recomiendo mucho. En los primeros instantes aparece en pantalla: “Esta historia está basada en las memorias de Cristina Ortiz, La Veneno, y en los relatos de algunas de las personas a las que ella cambió la vida. Como en todas las historias que provienen de la memoria, hay algo en ella de realidad y algo de ficción. Y como en todas las historias de ficción, hay algo en ella profundamente verdadero”.
Incluso los impostores están llenos de verdad. Incluso aquellos que a veces no somos tan perfectos como quisiéramos somos increíblemente maravillosos. Y cada vez que paso por delante de un espejo aprovecho para decírmelo mirándome fijamente a los ojos, porque muchas veces necesitamos “fake it until you make it” para que se convierta en una realidad. O para que se me materialice lo que ya está.
Te invito a que, si te apetece, tú también lo hagas. Todo lo mejor.

 

Jose Segurado(Autor invitado) Actor y entrenador de salud

Actor y Health Coach por el Institute of Integrative Nutrition de Nueva York. En 2014 fuÍ diagnosticado con Esclerosis Múltiple. Desde ese momento tuve la intuición de que haciendo cambios globales en mi estilo de vida recuperaría mi salud, y así fue. Escribí el libro “Elijo Vida. Cómo me recuperé de Esclerosis Múltiple tomando la riendas de mi vida.”, donde comparto mi proceso. Actualmente, me dedico a compartir mi experiencia y a acompañar a personas que quieran mejorar su salud.